domingo, 2 de septiembre de 2012

Vivencias.

Kilómetros me separaban de casa.

Todo había cambiado a un ritmo que camuflaba su movimiento detrás de los telones del escenario de mi vida. Me desperté antes de la queja controlada por mí mismo del despertador; ese día estaba marcado en el calendario como extenso y tedioso.
Contemplé los libros de las estanterías de mi cuarto. Tenía demasiadas cosas por hacer, pero no quise hacer ninguna; siempre postergaba mis asuntos tratando de cumplir el de los demás.
Las obligaciones se habían convertido en un arriero dirigiendo una carreta, inculcando su tenebroso poder con un látigo a caballos similares a nosotros. Era eso, la rutina, lo que me hacía encarnar un perfecto individuo exhausto. Una sed dejaba al descubierto mi ansiedad por saber y las ganas de tener el control de ciertas cosas, sin que ningún concepto abstracto que gobierna la vida humana, me interrumpa.
Es así que no dejé ninguna página sin leer y, para mi decepción, no estaba lo que buscaba.
Sin desistir de mi improvisado objetivo, salí de mi habitación y caminé por Alvear hasta llegar a su intersección con Irigoyen. Ahí me detuve para ingresar a la Biblioteca Nacional. Fue lo primero que se me ocurrió.
Allí dentro, recorrí sección por sección, hasta que llegué a lo más cuerdo que me parecían los escritos filosóficos; todavía podía recordar algunos autores de los que me quejaba cuando debía rendir.
La noche estaba de estreno, como cada día al final del atardecer, al posarse la luna. Nadie vigilaba aquel sector; debían pensar que solamente algún filosofo reencarnado en un individuo contemporáneo, quisiera evadir el sueño y pasar sus horas nocturnas leyendo grandes obras.
Esperé escuchar el ruido del último pasante de la puerta y continué leyendo. Necesitaba respuestas al incremento de mis dudas existenciales. Necesitaba saber quién era yo, dentro de la generalidad humana, para redescubrir mi identidad sin tener que recurrir una y otra vez a mi pasado. Herramientas como esas siempre lograban confundirme más.

 ///

Recuerdo haber transcurrido varias semanas así. Solamente respondí un par de llamados de mis amigos y comía algo en la cafetería que se encontraba en la vereda de enfrente. Agoté todas mis ganas de perseguir la liebre de las respuestas. Agoté mi cansancio, hasta el que tenía de reserva. Me indigné.
Era de tarde y, tras varios días en estado de locura total, cegado por mi propia mente, salí de aquella biblioteca, permitiéndole al sol que perfore mi visión con su luz y calor. Mi teléfono sonaba. No quería atender. Estaba frustrado, sediento de querer saber el por qué de muchas cosas. Mi ser en completa disonancia.
Llegué hasta la Plaza Revolución, donde me senté en uno de esos bancos de cemento, repitiéndome a cada minuto lo humano insoportable que era, tratando de buscar respuestas  que no estaban a mi alcance, cuyas preguntas e inquietud del alma, era tan particular en cada persona que, es difícil ser específico y compartir el pensamiento con alguien más.
En un momento se acerca un anciano, maltratado por sus años y con su vestimenta en mal estado. Me saluda y se sienta al lado mio.
 - Buenas tardes, joven de alma inquieta.
 - Hola - le respondí, con mis palabras balbuceando sobre mis labios.
- ¿Sabes una cosa? - me dijo mirando el piso, entrecerrando sus ojos por la intensidad del sol - es inútil verlo así. El tiempo vive a través de nosotros. Estas arrugas - señalando su rostro - son de él y nunca se va a hacer cargo. Qué maravilla! - culminó su pequeño monólogo y se fue, con una botella en su mano, dejándome solo y pensando en sus palabras.

La calle tiene esos personajes que resumen siglos de entendimiento y enseñanza con sólo verlos. Todo aprendido a la fuerza, para poder sobrevivir un dia más entre tantos.
Acomodé mi mochila y me fui caminando a mi pensión, recordando que lo único que se pierde en esta vida, es el tiempo; para lo demás existen las demostraciones de nuestras emociones, que son una especie de única salvación.








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