Desde arriba se podían observar cómo las altas construcciones se dejaban lucir con lo llamativo de los colores. Tenían amplias ventanas; algunas abiertas y otras, en cambio, muy bien cerradas, como esos secretos entre amigos en una cálida noche de verano.
Una sola avenida captaba la atención de la brisa del viento, y era la que lo guíaba directo a todos los rincones de aquel cubículo sin civilización.
Hacía el norte, claramente se podía distinguir el extenso verde campo, adornado con delicadas flores, las que nunca dejaban de desplegar su perfume. Algunas de ellas se marchitaban, quién sabe la causa de ello, pero rápidamente eran reemplazadas por otras mejores y más aromáticas. Sin dudas, la magia debía tener su cuna allí.
También había una playa, frente a un iglú sitiado por capas profundas de nieve y, en otro pequeño extremo, los árboles permanecían de pie con su máximo resplandor la mayor parte del tiempo. Tiempo...si es que existía en ese lugar...
El cielo era un misterio de ensueño: semejante a un suave y delicado terciopelo rojo, con tantas lunas como soles. De vez en cuando, se acumulaban densas nubes, pero la intensidad del brillo de las gigantes estrellas, nunca daban lugar a que eso persistiera.
Al parecer, todo tenía el equilibrio perfecto y el control necesario; no existía vida humana alguna porque, aquella fantasía, se manejaba de una manera completamente distinta.
En cierto momento, algo proveniente de la exterioridad, hizo generar una especie de pequeños movimientos galopeantes en el ambiente: las paredes se agitaron, las flores comenzaron a crecer más rápido y perfumosas, los árboles dejaban que la brisa llevara su melodía y los soles con sus lunas brillaron más que de costumbre.
Por alguna intensa razón, el paisaje se transformó en el ambiente en donde todos quisieran estar, o quizás, en donde todo poeta se podría surtir de delicados y alegres poemas, inventando nuevos dialectos que pudieran describir todo a una exacta perfección, alimentando su espíritu y el de los que lo leyeran.
A nuestros ojos, aquel especie de cambio de clima, duró varios meses, pero mientras la totalidad parecía adaptase a la situación, un día el movimiento de paredes agitadas se detuvo. El cielo se volvió de un color no tan alegre y las nubes se condensaron hasta ser un verdadero ejército gris. El campo minado de flores detuvo su crecimiento y multiplicidad, el mar se embraveció, las ventanas de los edificios se cerraron junto a un ritual sincronizado y la avenida fue cubierta por agua salada que desbordaba del mar. El ambiente ya no parecía tan amigable como solía ser.
A nuestros ojos, aquel especie de cambio de clima, duró varios meses, pero mientras la totalidad parecía adaptase a la situación, un día el movimiento de paredes agitadas se detuvo. El cielo se volvió de un color no tan alegre y las nubes se condensaron hasta ser un verdadero ejército gris. El campo minado de flores detuvo su crecimiento y multiplicidad, el mar se embraveció, las ventanas de los edificios se cerraron junto a un ritual sincronizado y la avenida fue cubierta por agua salada que desbordaba del mar. El ambiente ya no parecía tan amigable como solía ser.
Las puertas de aquella ciudad se cerraron y ya nada más se pudo observar.
Algo parecía derrumbarse por dentro, pero frente al panorama más desalentador, el corazón siempre alberga una tregua.
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