Cuando recurrimos a la tan añeja frase de 'todo ocurre por algo', queremos dar un inocente aire de misterio, dejándole la árdua tarea de fabricar una conclusión con harapos, a la víctima de lo sucedido.
Podría decir que somos la máquina de movimiento que pone en funcionamiento nuestros deseos, generando un sinfín de consecuencia que las vemos plasmadas en los hechos que, a veces, nos alegran y otras tantas no.
Miré el techo un largo rato más, y era ese aire conspirador el que me hacía reflexionar sobre cosas complejas, cosas que estaban siempre en mi.
El sol ya no se despedazaba para encandilarme. Traspasando el vidrio de la ventana, podía observar cómo caía la tarde, resumiéndose a otro día más, que poco se distinguía de mi colección; nunca dejaba de sorprenderme su tan devota creencia aferrada a la inercia, cómplices de dudas y de miedos a medio abrir.
Ese domingo envenenador de melancolía, se vistió de hilachas de una espera y de dar por sentado el tiempo que se pierde pensando en alguien, tratando de buscar una solución a acontecimientos que ya no responden por sí solos.
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Un caramelo dice que..