Sobre la eternidad de una intersección, puso nombre a uno de los placeres jamás explorados, pero que ahora, formaban parte de su lista.
Lo esperó ansiosamente; algo tramaba su inquieta mente, pero su corazón hizo lo mismo de la última vez: latió fuerte y se conectó con todo su cuerpo.
La espera, pseudo abismal, terminó cuando lo tuvo frente a frente, saludándolo tímidamente, como si siempre fuese la primera vez. Recorrió con sus manos su rostro, su espalda, su cuerpo, exploró su boca con sus labios y trató de hacerle saber con cada beso que se fundía, cuán desesperante es la espera y las tierras de distancia entre él y ella.
El tiempo les tendió una trampa, incluso, mucho antes de que se conocieran; pero esa noche, podrían haber pasado las estaciones, los bisiestos años y todas las civilizaciones, que ella jamás se hubiera dado cuenta.
En un momento, supo que, aunque estuviera cerca de él, su esencia no podría conectarse jamás con la de ella y, hasta el día de hoy, duda sobre si verdaderamente algún día esto podría ocurrir.
Se entristeció, y como su naturaleza costumbrista suele ser, silenció todos sus pensamientos que se anudaban amargamente sobre su garganta. Tomó aire, trató de calmarse; en el fondo sabía que no podía darse el gusto de desperdiciar minutos con él, pero a veces, los sentimientos pueden más que uno mismo.
Quiso ser fuerte y entrar en razón de que por más maravillosos que sean esos momentos para ella, si no son compartidos, no valen nada. Pero se rehusó a esa pesimista idea en el momento que él deslizó su mano por su rostro; entonces, cerró sus ojos e hizo lo que mejor podría hacer: olvidar todo por unos largos minutos y ser una naúfraga de aquel mar que parecia no ser reconocido por ninguna brújula ni mapas.
La noche ya dejaba de serlo.Se miraron desprolijamente, ella lo besó incansablemente, pero siempre sentía que no alcanzaba.Se despidieron en aquella esquina de Roca y Estomba, donde hacían seis horas, había comenzado todo.
Ella bajó del automóvil, sintiendo que ya necesitaba su calor, su aroma y su presencia. De repente, se dió cuenta de que había olvidado en el cuello de él, un mapa sobre cómo salir de su laberinto encanto y de cómo engañar al corazón anestesiando los días, para no sentir lo amargo de la futura ausencia.
Sin más que hacer, se cruzó de brazos, mordió sus labios para que no lo imploren, rogando que su corazón sea fuerte para no extrañarlo tanto y pidiéndole al destino, otra oportunidad.
Sin más que hacer, se cruzó de brazos, mordió sus labios para que no lo imploren, rogando que su corazón sea fuerte para no extrañarlo tanto y pidiéndole al destino, otra oportunidad.