Comenzó su día con una alegría mezclada con tristeza, pero estaba felíz de que la primera haya sido en mayor proporción que la segunda.
Se peinó y se vistió como a él le gustaba: el vestido azul marino no podía fallar.Se colocó sus sandalias y, mientras se miraba al espejo, rogaba que él la reconociera.No tenía buenas noticias de su parte; quería ir para contemplar su rostro, antes de que las agujas del reloj ganaran la jugada.
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Hace media década que permanecía en el Hogar.Todo se había derrumbado para él en aquella época.Por suerte, tenía algunos amigos, pero en ciertos días no eran más que desconocidos.Su mente y su organismo se perdían de vez en cuando, brotando una resignación y amargura por desconocerse hasta de sí mismo.
Mirando el jardín, su silencio fue interrumpido:
- Eduardo, hoy tiene visita - avisó la enfermera, con Ana a su lado.
- Eduardo querido, soy Ana, tu esposa.Mírame e intenta recordarme, por favor.
El hombre, que estaba de espaldas hacia las mujeres, se levanta de su silla y va a su encuentro.
- Hace unos años conocí a una tal Ana, pero nunca más la volví a ver - dijo Eduardo.
La enfermera, le aconsejó a la señora tener paciencia, como siempre lo hacía y le dice, además, que ha estado un poco mejor y que trate de disfrutar ese momento.Ana entendió, pidiéndole que los dejara solos; cualquier cosa, ella la llamaría.
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- Asi que usted se llama Ana, verdad? - preguntó Eduardo - sepa disculpar a mis amigos; al parecer, todos han venido a visitarme hoy, pero yo los dejo que hagan sus cosas tranquilos.Hasta hay dias que también se quedan a dormir o a almorzar.Menos mal que construí una casa grande! - exclamó el hombre.
Ana, lo observaba, con lágrimas y una sonrisa.Él estaba tranquilo, pero no la recordaba.Juntó fuerzas y algo de voz, para entablar una conversación, pero el llanto comenzaba a ganar la partida.
- Oh! Mujer! Estás llorando! - sorprendido, dijo el hombre - permitame secar esas lágrimas, que a tal bello rostro opacan.
- Eduardo - dijo la dama - recuerdame te lo pido.Soy tu esposa desde hace 46 años.Vengo viernes de por medio a visitarte.Hay dias que no puedo, porque nuestros hermosos nietos vienen a visitarme, o sino, tengo que ir a la clínica por mis estudios.Pero nunca te he dejado, nunca te he abandonado! - y esa última palabra, fue mordida por un inmenso llanto.
- Señora, está muy triste y confundida - respondió el caballero - Cuando me siento solo y abatido, lo mejor que puedo hacer dejar que la lectura me acune en sus libros, en sus letras que tanto transmiten.Si usted lo quiere, puedo leerle algo que levante su ánimo - finalizó.
Ana dijo sí con su cabeza.
- Bueno, acompañeme a mi biblioteca, asi elijo un libro un libro - dijo el señor.
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Se sentaron en el sillón de su cuarto y Eduardo comenzó a leer una serie de poemas de su libro al que él llamaba "predilecto".
La señora se sentía mejor: lo que él leía, le hacía rememorar el baile de graduación, las salidas, su primer beso, el compromiso, las situaciones que habían vivido y que sortearon juntos, el nacimiento de sus hijos...En fin, recuerdos que se mostraban sólo dentro de sus ojos y que nadie más podía verlos.
Estaba anocheciendo y Eduardo terminó de leer el libro completo.Ana le preguntó quién era el autor y, con su rostro ruborizado, contestó que era él.
Su esposa lo rodeó en un eterno abrazo y él no entendía nada en absoluto.Le dijo a él cuánto lo quería, que quizás ese día era el último y que aquella promesa que se dijeron el día que se casaron, se había hecho realidad: el " hasta que la muerte los separe", había sido una de las pocas verdaderas permanentes en su vida y que estaba próxima a cumplirse.
Eduardo aceptaba sus palabras, creyendo que ella lo había confundido con otra persona,
- Ana, terminó la jornada de visita, por favor, tiene que acompañarme asi el señor descansa de este largo día - avisó la enfermera.
- Ya me estaba despidiendo - respondió Ana, sin soltar a Eduardo.
- Ana, por favor se lo pido, ya finalizó el horario - replicó la joven.
- Ana? Yo conocí a una tal Ana, hace muchos años, pero nunca más la volví a ver - dijo Eduardo.
Su memoria, tan frágil, borraba recuerdos y su corazón ya no se podía conectar con nadie más.
Todo era borrado.
Todo se iba cual campo repleto de dientes de león, que el soplo del viento en primavera, hace volar sus semillas.
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