martes, 24 de abril de 2012

Bajo la cruz.

Se recostó sobre las sábanas blancas, después de haber rezado 15 padrenuestros y 10 avemarías.No era inusual que su mente se inundara de comentarios pasados;  y es que nadie quería que se fuera de casa.Su primo, hasta hace una semana, había ido a retirarla de aquel lugar, porque según él, existían numerosas irregularidades que caminaban por la delgada cuerda que divide la religión de la locura.


Ella se había negado.En realidad, se negó su círculo católico; en aquel convento, las jóvenes monjas no conocían ni la voz ni el voto.Ahora, debía cumplir con las normas que le imponían y cumplir su tiempo en aquel lugar.

Sus compañeras de cuarto ya estaban dormidas y la lámpara de la mesa de luz de Laura, era la única encendida.Antes de apagarla, se levantó y fue hasta el baño.
Prendió la luz y fue sorprendida con un manto negro que cubrió su rostro.Intentó gritar, pero sus gritos callados se mezclaron con un aroma apaciguador.

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Entre nubes visuales, pudo ver las siluetas de mujeres alrededor de su cama.
 - Por fin despiertas, Laura, estabamos preocupadas - dijo una de sus compañeras de cuarto.
 Laura no entendía nada.Un mareo saturaba sus movimientos y una fuerte presión sobre su cuello, era la marca invisible de que algo había sucedido.
Silencio mediante, se levantó y dijo que se encontraba bien, que había tenido un mal sueño y que estos, sólo sueños son.

Después del atardecer, caminaba por los fríos pasillos abiertos de la institución como acostumbraba, cuando de repente, vio a Érica salir de los arbustos.
 - Érica! Érica!- le gritó, pero la mujer, caminaba velozmente.
 Laura comenzó a correr, para alcanzarla, pero entre pasillos, la perdió de vista.Ella pensaba que quizas estaba perdida y algo tímida debía sentirse; hacía tres semanas que recién habia ingresado al convento, después del fallecimiento del Padre Julio, y que, tal vez, no hablaba mucho por respeto al contexto.


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Laura se estaba recuperando de una fuerte gripe, y todavía estaba ingeriendo pastillas.Esa noche, llevó un vaso con agua a su habitación y lo colocó sobre su mesa de luz.Tomó el medicamento y se durmió.
Eran las tres de la madrugada y se levantó para ir al baño.Intentó encender la lámpara, pero no pudo; tal vez el foco se había quemado.
Conocía el camino, asi que se guiaba con los brazos estirados, tratando de llegar a la puerta y evitando despertar a alguien.Abrió la puerta del dormitorio y, cuando la fue a cerrar, a modo de picaporte, sintió una mano, que rodeaba la de ella y casi sin darse cuenta, se vio envuelta en unos brazos robustos, con una fuerza incomparable que la llevaban a otro lugar en contra de su voluntad.
Quería gritar, pero no podía.Algo comenzaba a rodear su cabeza nuevamente.Mordiendo un brazo logró liberarse de tal fuerza salvaje.Se quitó la funda de tela de su cabeza y vio una sombra que parecía desaparecer en el fondo del pasillo.

Comenzaron las corridas y los gritos desesperantes de Laura:
- Ayuda! Ayuda! Me quieren matar! Ayuda! Despierten! Todo el mundo se despertó y encendieron las luces.
- Laura! Qué es lo que sucede?! - gritó Josefa, la monja quien las tenía a cargo - Mira cómo estás con tu brazo ensangrentado! Vienes conmigo al cuarto rosa! - insistió la mujer.
El cuarto rosa era la habitación de los castigos.No tenía mucho uso, pero las paredes podían reflejar la crueldad que allí imponían.
- Qué te sucede? Haces entrar en pánico a tus demás compañeras - decía la anciana mientras la ataba a una silla, ubicada en el medio del salón - No tienes un espíritu puro, lo puedo presentir en la sangre que corre por tu brazo.
- Josefa, entiéndame! Algo está sucediendo en este lugar! Quisieron matarme! - contestó Laura, atada de pies y manos a una tenebrosa silla.
- Yo sé lo que sucede, y pronto también lo sabrás. - dijo la mujer- Julio! Juliooo! Ven rápido! Te necesito.
- Aquí estoy - dijo el Padre Julio.
- Trajo los utensillos? Esta vez no puedo esperar! Fallamos la primera, pero ahora está todo perfecto - exclamó Josefa. 
- Érica?! - con rostro pálido gritó Laura.
- Julio, sáquese esa máscara que da impresión - dijo Josefa.
- Qué sucede aquí?! - balbuceaba con llanto,Laura.
- Sucede que tenemos hambre y sólo su especie nos sacia.Tan simple como eso - respondió la anciana, entre risas perversas.



                         

 

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