miércoles, 19 de septiembre de 2012

La desconocida.

Te despertaste y quisiste rebobinar la noche hasta llegar al punto de dormirte de nuevo. La rutina te agobiaba. Fuiste al baño y te miraste en el espejo: tu cara delataba las ganas de correr por un campo de suaves arbustos, con los rayos del Sol iluminando tus retinas, olvidandote de la mayoría de las cosas que te ataban, pero la realidad siempre mutaba.
Te peinaste con tres dedos de una manera fugaz, recordando que todo combinaba a la perfección con tu rostro masculino. Se hacía tarde y las agujas del reloj parecían apresurarse para alcanzar las 9AM. Te perfumaste y agarraste tu bolso.

Saliste de tu casa. Tu camisa a cuadros no esperaba un día completamente gris. Caminaste hasta la estación de trenes; la única fidelidad y compañera, era la música que salía de tus extravagantes auriculares. Cantabas con la mente y cerrabas los ojos, nada más te importaba. Eras feliz.

Después de un largo momento, divisaste el tren e ingresaste por una de sus puertas. Te dirigiste hasta el fondo y te sentaste en el último asiento. Todo estaba demasiado bien en el clima rutinario que, ese día, parecía haberte dado una tregua.

Pasaron las 3 estaciones y ya estabas listo para descender del transporte sobre rieles. Tu seguridad, tu impecable seguridad  te permitia no detenerte, porque así eras: dinámico y rara vez vacilabas en tus movimientos. Las puertas se abrían mientras el aire chocaba contra tu rostro. 

Miraste hacia tu costado derecho. Estaba ella.
Mordiste la manzana con tu mirada. Todo se detuvo.
Fue tu pecado. Fue tu perdición.
Moriste en vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Un caramelo dice que..