"Aunque no lo creas, siempre te llevo conmigo. Hasta te he reducido a nueve letras mezcladas, escritas en mi muñeca. Ahora va a ser nuestro secreto, Lakrónime"
Había planeado minuciosamente esas vacaciones; no había mejor destino que el mar, pero sólo aquel que le traía buenos recuerdos.
Supo manejar a la perfección su ansiedad durante el viaje de seis horas; sabía que la recompensa era enorme: nada más y nada menos que el territorio de la bahía. Su hospedaje estaba en la ciudad, pero no planeaba quedarse mucho tiempo ahí, porque necesitaba reencontrarse con ella misma y la nostalgia a doscientos kilómetros de ahí, rumbo al mar.
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El atardecer se imponía sobre el paisaje, creando hermosos colores, jugando con reflejos y dando paso a la tranquilidad y contemplación, para quienes son un poco más pensativos. Niños jugando, amigos reunidos cantando canciones que hablaban del amor y la amistad, familias compartiendo una merienda, y los clásicos novios que caminaban de la mano al límite entre la arena y el agua, eran partícipes de aquel contexto. Emmy, se sacó sus sandalias, caminó por la arena hasta llegar a la orilla, en donde ya no quedaban muchas personas, producto de la culminación de la jornada veraniega.
La mujer, sentía esa brisa sobre su rostro, que la hacía reaccionar y a su vez, teletransportar a otras épocas. Observó el agua, el pasivo oleaje y descubrió que no se veía el fin del mar; era un manto extenso azul, casi tan poco predecible como una duda. Su fin solamente podía imaginarse, nadie iba a decidirse a llegar a sus confines.
De pronto, se acordó de quien había sido una vez su mejor amigo; se preguntaba qué habrá sido de él, dónde estaría y si había sido felíz con tantos cambios de planes. Ella había tenido momentos felices después de él, pero le costaba afirmar que tan sólo eran réplicas de una felicidad mayor, tan sólo apariencias. Ahora, se veían en su rostro las pruebas de haber vivido: las líneas en su expresiones y su cabello casi blanquecino, delataban el paso del tiempo.
En el fondo de aquel momento de concentrada nostalgia, era curioso cómo contemplaba el mar, dándole la espalda a la ciudad y a todas las calles que siempre desembocarían en un sólo nombre. No sólo estaba compartiendo el mismo cielo, sino el mismo suelo, el mismo clima...Ese nombre la acompañó durante todos estos años, tanto en su mente, como en su corazón y en su muñeca; pero en esta última, de una manera especial, casi tanto artificial: un tatuaje que entrelazaba nueve letras, cuyo significado, jamás había sido revelado, pero bien conocido por ella misma.
En un momento, se indignó, y de pie frente al agua, dijo en voz alta pero muy suave: "Vengo a quejarme de lo corta que es la vida durante los momentos felices y lo cruel del Destino, asi como también, de la triste y eterna agonía que genera en los momentos más grises de mi existencia".
Dio media vuelta. Salió de la arena y de su nube nostálgica.
Se marchó.
Dio media vuelta. Salió de la arena y de su nube nostálgica.
Se marchó.
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