jueves, 26 de febrero de 2015

Casa 12

♥
Llevaba 4 años tratando de observar y ser consciente de mi dimensión en el espacio y si me sentia bien o no. Mi círculo estaba plagado de gente adulta, que en verano solía cocinar grandes cantidades de comida y reirse hasta llegado el atardecer, para despedirse y prometer volver a encontrarse para revivir todo lo que no pudieron y conocer todo lo que aún ignoraban.
Yo me cansaba y me veía desde arriba, como si por error alguien había decidido colocarme en aquel griterío de felicidad altanera de los mayores. Me sentía aburrida dentro de una viciosidad circular que sabía que lenta y repentinamente se iba a repetir, pero lo que más me molestaba era la mediocridad de aquellos individuos que trataban de crear un ambiente feliz, cuando todos sabemos que no existen los recursos necesarios para llevarlos a cabo. Inventaban ser felices y se los podía ver auto-convenciéndose de su sonrisa dibujada a carbón en su rostro.
Recuerdo las tardes de Sol y de nubes ocupadas en cosas mejores, que miraba el cielo y era feliz tan sólo observando ese color azul que no existió en la paleta de ningún pintor del bajo artístico. Sentía la realidad de una sensación que era verdadera y no camuflaba más nada que transmitirme tranquilidad, como si todos los objetos celestes y maravillosos de esta Tierra, sabían de mi inconformismo con aquel núcleo familiar y circunstancias que me acontecían, disgustándome hasta el punto mismo de querer escaparme.
Llevaba 4 años imaginando que aquella reposera con sifones en el respaldo, era un bote que podía moverse con la propulsión, y preventivamente, los escobillones que oficiaban de remo, podían trasladarme si la ciencia del gas de la soda fallaba. Me recuerdo en la soledad de las tardes de Marzo, jugando a cruzar mares, en lo que iba a ser el futuro quincho familiar, en donde abundaban ladrillos y otros materiales de construcción. Era el silencio de la siesta que estimulaba mi imaginación, para ir a donde realmente quería estar, con personajes que querían de mi presencia y se dejaban ayudar sin hostilidad a cambio. Evadía mi realidad tal como podía, y no me importaban si estaba 3 o quizás 4 horas jugando sobre el mismo pseudo-bote; el oceáno nunca era fácil cruzarlo.
Pánico me daba cuando la realidad era mi familia discutiendo, mis hermanas haciéndome callar para no contarle a mamá sobre sus noviecitos. Tristeza sentía los domingos, cuando tenía que sentarme nuevamente en una mesa con extraños , a los que mis padres llamaban sus amigos, y almorzábamos comidas realmente asquerosas para mi estómago. Soledad experimentaba cuando el día Lunes debía ir al colegio, a pasar 5 días corridos con 20 niños de mi misma edad, que no sabían nada sobre la vida ni sentían curiosidad por explorar espacios nuevos. Yo era tan distinta! Mientras los fines de semana, ellos rogaban a sus padres por los juguetes que salían al mercado y disfrutaban del cariño que sus progenitores les daban, yo analizaba detenidamente cómo escaparme de aquel erróneo lugar, que decían que debía llamar "mi casa" o "mi dulce hogar".
Llevaba 4 años y podía ver a través de los ojos de las personas; podía intuir cuando sentían odio, desprecio o incluso cuando iban a mentir o estaban haciéndolo. Eso. Mi sentido de la intuición estaba tan poderosamente desarrollado, que a veces me hacía sentir miedo de mí misma.
Llevaba 4 años y amaba la soledad, el silencio y admití que el cariño y el amor universal, nunca iba a pasar la puerta de mi casa. Las malas compañías, los gritos y reproches, inundaban mis ojos de lágrimas, e imploraba a Dios, si era que existía, que por favor me matara las cinco de la tarde de un Lunes de Julio, que no quería pasar un día más con aquellas personas que decían ser mi familia, que decían ser mi hogar, que decían que debía obedecerles y que decían que debía ser como ellos.
Cada vela que soplaba pasados los 365 días de mi natalicio, era una mentira para mi, porque sabía que no tenía esa edad, que era más grande, y que mi mama me vestía con pollera, can can y zapatitos, pero yo era una adulta por dentro, tan inexperta como Dios cuando creó al hombre y a la mujer. Ansiaba otra ropa, porque esos colores que le gustaban a mi mamá, eran tan chillones y dramáticos como la vida que estaba llevando. Quería que me dejen en paz de alguna vez, con mis silencios y mis corcheas, con mis dibujos y mis textos transcriptos del libro rojo hacia un papel reutilizado.
Llevaba 4 años y pasaron todos sus múltiplos, pero el sentimiento fue el mismo. Una y otra vez.
Pero conforme pasaba el tiempo, tampoco me sorprendi cuando, una suerte de anciana pro ancestral, me hizo una carta astral y en un lenguaje que aún no manejo ni comprendo muy bien, me dijo que mi Saturno se oponía al Sol, que mi Venus estaba quieto en la casa 12 y que Piscis había agarrado a la Luna para hacerla de él con amor y dulzura.
Cualquiera con un poco de humo y casi nada de ciencia, podía describir algunos de los aspectos planetarios de una carta que dicen, nace con uno en el seno del Sol. Solamente anhelaba que, además de conocerme yo misma, conocer a alguien que quiera asomarse un poco tras esa pared de ladrillos que se había formado en mi; pero luego, al cabo de unos años, todo se transformó en un ferviente deseo de cruzar la frontera que delimitaba lo que era de lo que realmente quería ser, olvidando los paternalismos y las figuras autoritarias que se me habían impuesto sin mi debida autorización.
Una noche de otoño, ahí cuando las estrellas se alejan poco a poco del frio de la humanidad, crucé todos los obstáculos y soborné mi conciencia con un sentido de libertad que parecía real, aunque no planificado ni mucho más preconcebido. Crucé las rejas que me separaban de mi ideal, pero no encontré más que frío y un banco vacío en la parada del autobús.
Nada se parecia a mi bote propulsado por los sifones con poco gas, ni tampoco esa proyección de mi mirada con el cielo en las tardes cálidas de Marzo. Nada era igual como lo veía desde la abstinencia libertadora a la realidad que conmovía hasta a los gatos nocturnos. ¿Qué pasaba?
Tal vez no eran esas las rejas que debía cruzar, ni la puerta que me costó destrabar con una llave en forma de cruz. 
Esa libertad era una maldita utopía que se encontraba dentro de mi, y aun seguía latiendo, inmersa en la oscuridad de todo lo prohibido y oculto de la luz cegadora de la exterioridad.


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