Ese año optó por festejar la suya y la de él. La de ellos y la que era.
¿Quién iba a poder decirle sin lágrimas en los ojos que estaba hilando un eco sobre el tiempo, rebotando sobre ruinas, sobre escombros en donde no habría más ciudad?
Una bienvenida, un beso y un abrazo interminable, hoy dejan en ella un sabor amargo y la sensación que nunca va a poder olvidar. Su piel con la suya, verlo dormir en una cama incómoda, sus ojos abiertos por miedo del tiempo y de no recordar más ese recuerdo.
Quería grabarlo para siempre, quería fotografiarlo con sus ojos y no hay nada más triste que saber que lo consiguió: hoy no se puede olvidar y le da miedo.
Miedo de 365 días pisados y vividos y sin vuelta atrás. Miedo de volver a ser la que no era, miedo de no saber más nada, miedo que cumplan sus sueños en su lugar y que sepan cómo hacerlo feliz sin tener que pedir perdón por nada.
No hay noche que ella no lo sueñe y no habrá otra vida para encontrarlo, ni siquiera él aparece en otros ojos y lo extraña tanto, que lo único que pasa es un fracaso tras otro.
Antes era mejor y hoy se siente un 4 de espadas sujeta al azar, deseando ser cielo para poder compartirse con él o ser una nota suicida en el medio de una mesa sin mantel.
Lo que sobra después de una fiesta ya no es tan agradable.
Se barre y se tira lo que sobra.
Papel picado y nunca más nada especial cada catorce del mes octavo.
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"Siempre exageramos las felicidades que hemos perdido"
Jorge Luis Borges
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