Entonces, vamos coleccionando un sinfín de momentos pequeños para que algún día formen un todo y así sentirnos conformes con las acciones realizadas. Lo hacemos tan automático, tan rutinario como animales de costumbres que somos, que no podemos descifrar que esta situación nos va a llevar a sentirnos peor.
El día que esa cadena de pequeñas cosas se rompa porque un eslabón falla, es ese el día que todo se derrumba en múltiples secciones; y ahí vamos de nuevo, a oficiar de constructores para volver a sostener lo que alguna vez fue, cuestionándonos hasta nuestra existencia y deliberando internamente si la culpa está de nuestro lado y no del lado del enemigo.
Intentamos razonar si había algo de mentira o falsedad en aquello que nos habían dicho, si las pequeñas cosas eran en verdad un alimento sustancioso para el alma. ¿Y si mejor buscábamos algo grande pero duradero? ¿O sólo grande? O sólo duradero y consistente? ¿O sólo la nada misma?
La felicidad como la suma de momentos...es una afirmación casi difícil de sostener y que sirva para el convencimiento de las masas. Una felicidad que se termina en breve y que sólo tiene valor en sumatoria con otras de su mismo calibre, ¿era realmente la felicidad que buscábamos? Quizás realmente lo efímero y el amontonamiento coleccionista es lo que nos representa.
Dichoso el que pudiera saberlo.
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Un caramelo dice que..