lunes, 24 de septiembre de 2012

Vincent y las estrellas.

— Oh Vincent, recordaré esta noche por siempre. Me siento inmersa en el sueño que cualquier mujer desearía concretar.

— Clarisse, créame que todo se vuelve diminuto frente a su elegante belleza y delicadeza.

— Por favor, Vincent, usted está demostrando vestigios de exageración. Ya le dije; me siento pionera en este deseo que la noche va concretando pero a la vez consumando.

— Mi especial atención hacia usted, deja al descubierto que ha hecho bis de la palabra "deseo". Sabía usted, mi querida Clarisse, que es ella una palabra tan sensible como controversial?

— Quizás la perfección de esta noche, no me deja deducir su observación. Pero, cuénteme ¿ A qué se refiere con ello? Los deseos han movido el mundo, década tras década...

— No lo niego, pero detrás de cada pan del deseo, hay migas de caprichos y otras cuantas de impulsos. El ser humano siempre avasalla los campos del destino.

— Tal vez, Vincent, lo prohibido es dueño y señor de un todo, que se siente frecuentado por usted. Debería dejar fluir algunos pensam...

— Falacias, Clarisse! Falacias! Los deseos nos castigan, nos hace no querer desearlos.

— No se preocupe por ello. Tiene grandes pensamientos, Vincent. Si busca seducirme con su intelecto y sus modos detallistas, lo está logrando.

— No considero a la seducción como un crimen, por lo que no me siento culpable; mejor aun, un futuro triunfador.

— Vaya! Usted sí que sabe. Brindo por eso, Vincent.

— Brindo por nosotros, y porque esta cena sea la primera de muchas más, aquí en La Varenne.


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— ¿Cuán cerca ha estado de un campo de estrellas, bella Clarisse?

— Tan solo puedo observarlas desde mi balcón.

— ¿Le gustaría estar cerca de ellas, Clarisse?

— Cuánto lo quisiera, Vincent! La naturaleza astronómica siempre ha sido de mi agrado y maravilla.

— Entonces, bella dama, acompáñeme hacia ellas.

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— Vincent, ha estado en silencio desde el acantilado. La bravura del oleaje me da cierta impaciencia y temor.

— Tranquilícese, Clarisse. Le resultará irónico, y créame que no es mi intención, pero la noche es el único momento para ver con claridad.

— Desde aquí ya puedo observarlas, Vincent. Me parece riesgoso caminar por la orilla del mar en este horario.

— No tema, mi querida, recuerde que está en mi compañía.

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— Mi estimada Clarisse, hemos llegado.

— Vincent, solo puedo observar algunas estrellas y no se ven diferentes que desde mi balcón.

— Es usted demasiado impaciente; tiende a no respetar el silencio cuando es necesario. No deje que esto opaque su delicada hermosura, Clarisse.

— Oh Vincent! Es todo un caballero. Deme un abrazo para poder sentir su calor.

— Desde luego que sí, Clarisse, pero antes, espéreme aquí. No tardaré.

— No Vincent! No me deje! La marea nocturna me llevará por estas costas desconocidas, hasta perderme entre sus misterios! Vincent! Por favor! Vincent!

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— Clarisse! Clarisse! Me escuchas?

— Vincent, es lo único que puedo hacer. No puedo verlo en esta oscuridad costera. Nuestra luna ilumina tímidamente nuestros cuerpos. ¡¿Dónde estaba usted?! ¿Cómo puede ubicarse en la amarg...

— Respóndame algo con el corazón, Clarisse, porque esto podría ser el designio de un destino que estaba junto a otros en el cajón de sus opciones.

— Dígame, Vincent.

— ¿Está segura de querer conocer las estrellas y verlas casi como en la palma de su mano?

— Claro que sí, Vincent, pero ahora sólo anhelo llegar a mi morada.

— Bella Clarisse, le repito: ¿Quiere estar junto a las estrellas y ser una de ellas?

— Vincent por favor! Suélteme! Deje mi brazo! Me está lastimando! Lléveme hasta el acantilado y me iré sola. Se está comportando extraño...

— Clarisse! Usted no va a ningún lado. Al igual que las estrellas, sólo debe estar por siempre en un sólo lugar.


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— Marie, puede calmarse y contar qué es lo que le pasa?

— El asesino de la costa, ha vuelto.




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